Las paredes hablan con...Gastón Segura
30-04-2010
Las paredes hablan con...Gastón Segura
Déjate llevar por el escritor Gastón Segura hasta la Cueva del Bolero.
LA CUEVA DEL BOLERO… Tal vez, sólo un bar
Encontrar un bar, no es asunto fácil. Encontrar un bar supone satisfacer viejas estampas de la memoria y, a la vez, hallar el hogar golfo donde a uno se le perdonan ciertas licencias que en ninguna otra parte serían posibles porque falta el humo, el rumor abrigador de la charla y la música con su purpurina de besos perdidos. Y La cueva del bolero presenta, como todos los bares que en el mundo han sido, esa vocación imposible de orfanato para almas curtidas en la antigua cuenta del desamor. A su escenario se suben de lunes a sábado boleristas, tangueros, chansonniers y hasta cantautores, llegados incluso del corsario Caribe, con el único propósito de hacer trizas un corazón esquinado y, a poco que se deje, hasta arrancarle algún lagrimón. Así que si usted anda escorado por unas pupilas y se le ha agotado todo el repertorio de promesas, déjese caer por allí del brazo de esos ojos, que igual acaba, al día siguiente, comiendo perdices; suele suceder. El resto ya será cosa del porvenir con sus prodigios y traiciones; usted ya me entiende, hermano.
Y si no anda atribulado por esas lides entre las sábanas y la ternura, es decir, si de amor anda en rebajas, pero alguna noche se le vuelve áspera e insoportable, también puede acercarse y acodarse como un clásico en su barra. Seguro que encuentra más de cuatro almas generosas capaces de consolarle los olvidos hasta que ahoguen todos juntos a la Luna a base de gintonics. Porque no hay mejor cosa que coger el puente aéreo —o en su defecto, la piltra— con el teléfono de una reciente gran amistad en un bolsillo y con una prenda de amor —supongamos interior— en el otro, y esas hazañas mínimas y milagrosas, esas victorias sobre el feo aburrimiento, sólo ocurren en “La cueva del bolero”, cuando las estrellas sacan a pasear la noche de un Madrid con los labios ligeramente retocados de carmín.
Por Gastón Segura



